El hombre que veía el mundo torcido

 




Había una vez un hombre que caminaba por la vida convencido de que todo estaba en su contra.

Decía que las personas eran injustas, que la suerte nunca lo acompañaba y que el mundo siempre le daba la espalda.

Cada mañana, al despertar, se miraba en un viejo espejo colgado en la pared. El cristal estaba opaco, manchado por el polvo y el tiempo.
Al verse reflejado, suspiraba con disgusto.

—Cada día me veo peor —murmuraba.

Un día llegó a su casa un viajero cansado. Al escuchar tantas quejas, miró el espejo y luego al hombre.

—¿Por qué no limpias ese espejo? —preguntó con voz tranquila.

El hombre se encogió de hombros.
—¿Para qué? El problema soy yo… o el mundo.

Sin decir una palabra más, el viajero tomó un paño, pasó su mano por el cristal y lo limpió con cuidado.
Cuando el hombre volvió a mirarse, se sorprendió. Por primera vez en mucho tiempo, su rostro se veía claro, sereno, sin distorsiones.

En silencio comprendió algo que nunca había querido aceptar:
no era el mundo el que estaba torcido…
era la forma en que lo miraba.

Desde aquel día, antes de quejarse de la vida o de los demás, revisaba su propio reflejo.

Y así entendió uno de los errores más comunes del ser humano:
culpar afuera lo que primero debe corregirse por dentro.

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